«Nunca gasté tanto aire de los pulmones llamando a mi niña…» El asesinato de Leidy Maura Pacheco

«Se acabó la felicidad en la familia», dice mientras busca la calma para contar lo sucedido.

Cienfuegos: El caso de Leidy Maura Pacheco Mur

Esta es la historia, contada por su padre a través del periódico 5 de Septiembre, de lo que le sucedió a la joven cienfueguera el pasado 26 de septiembre. El Código Penal de Cuba, en su Artículo 263, sanciona con privación de libertad de quince a treinta años o muerte, al que mate a otro «al obrar por impulsos sádicos o de brutal perversidad»

 Todavía el dolor se siente en las calles de la ciudad de Cienfuegos ante el asesinato de la joven Leidy Maura Pacheco Mur, quien el próximo 25 de octubre cumpliría 19 años. Su padre no deja de llamarla «la niña de mis ojos» cuando relata la historia que lo sumió de repente en el abismo.

«Se acabó la felicidad en la familia», dice mientras busca la calma para contar lo sucedido.

Aunque Pedro Valentín Pacheco Alonso no vivía con su única hija, ambos mantenían una relación cercana. Él siempre estuvo ahí para ella, incluso cuando Leidy le consultó sobre su embarazo.

«Sí, mi niña, tienes las condiciones, le dije. (…) Si debo vender mis herramientas de plomería, las vendo todas y salimos adelante. Ella siguió luchando ahí con la madre, y na’, nació el niño y creció. Ahora tiene diez meses».

Ni entonces, ni el propio 26 de septiembre, era posible imaginar una separación tan brusca.

Leidy Maura Pacheco Mur. Foto: Periódico 5 de Septiembre

«Mi niña fue ese día a la empresa de Comercio interesada en un curso, después visitó a unas amistades en Reina, almorzó luego junto a su esposo y tomó finalmente el ómnibus de la ruta 3. Se quedó en la última parada y de allí subió a una camioneta que la dejó cerca de casa, en el asentamiento conocido como Junco Viejo. A las 2:56 p.m. le timbró al esposo para decirle que había llegado, porque desde donde estaba, a poco más de una cuadra, veía su hogar, pero en realidad nunca llegó.

«Al entrar al callejón, ya la estaban esperando. No le dio tiempo a nada, la atacaron por detrás, le taparon la boca y perdió. La llevaron al Plan Mango y la sentaron sobre un tronco, luego fueron a unos pozos cercanos y en un caballo, casi desmayada, la trasladaron hacia una pequeña presa. Ahí la mataron y la enterraron, a la orilla de la presita. A mi niña la secuestraron el martes, la violaron el martes y la mataron el martes».

Los tres hombres implicados en tales hechos residían en la misma comunidad de Leidy Maura. No fue hasta el miércoles 27 de septiembre que la familia se percató de la desaparición de la joven y procedieron a la denuncia ante las autoridades policiales.

«La noche del martes el esposo trabajó y al otro día fue a casa a verla, donde estaba la mamá de mi niña al cuidado del bebé. Entonces ella le pregunta: ‘¿dónde dejaste a Leidy?’; él responde: ‘tu hija vino ayer para acá’. El primer reporte lo hizo su marido, yo realicé el otro cerca de las 7:00 p.m. La buscamos durante seis días consecutivos y hasta uno de los criminales simuló buscarla con nosotros. También había pequeños, mujeres, ancianos; todo el mundo tras el rastro de Leidy junto a la Policía, personas que ni siquiera conocía.

«Yo nunca gasté tanto aire de los pulmones llamando a mi niña. El chiflido mío para ella era una orden. (…) Caminé ese Plan Mango lo que no te imaginas, lo conozco como la palma de mi mano».

¿Cómo identificaron a los sospechosos?

«En compañía del investigador, unos pobladores del callejón me comentaron que la habían saludado minutos antes del secuestro. Más adelante, otro recordó haber visto a esa misma hora a un vecino con antecedentes de violación. Al instante lo vinculamos con un sujeto con el que siempre andaba. Ambos fueron nombrados sospechosos. (…) Trataron de desaparecerla de la faz de la tierra, pero todo salió a flote. Tenía que salir».

¿Qué pasó cuando la encontraron?

«La llevaron al cementerio Tomás Acea, donde existe un local de Medicina Legal para este tipo de casos. La Policía consultó conmigo si solo participarían en el entierro los familiares, pero ¿crees que les iba a prohibir la entrada a quienes la querían y ayudaron a buscarla? Todos me acompañaron hasta la tumba de mi niña».

Pedro, ¿qué ha sido de su familia después?

«Mi madre no ha vuelto a ser la misma. La mamá de la niña… ¡para qué! Imagina que te quiten el corazón y las vísceras que llevas dentro. Así estoy yo, era la niña de los ojos míos. Nunca se le dio una nalgada ni se le gritó. Era querida por sus compañeros, los vecinos; fíjate que en la calle me dicen: ‘tan buena la niña tuya, nosotros la conocimos’.

«La gente dice que la vida continúa; ahora, cuando a uno se le va un hijo, no es igual que cuando se le va un padre. El dolor es una máquina que te va labrando y te destruye».

El drama vivido por la joven conmovió a muchos en Cienfuegos, en un país que considera inaceptable cualquier situación de abuso y atropello contra las féminas. El Código Penal cubano, en su Artículo 263, sanciona con privación de libertad de quince a treinta años o muerte, al que mate a otro «al obrar por impulsos sádicos o de brutal perversidad».

La voluntad política del Estado conlleva a mayores y decisivos esfuerzos para erradicar dicho flagelo. No es secreto que el Gobierno implementa acciones orientadas a combatir la violencia de género a través de un enfoque integral multidisciplinario, con la participación de la sociedad civil. Tal disposición está en consonancia con la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, establecida por la Asamblea General de Naciones Unidas.

Si bien nada devolverá la vida de Leidy, el pueblo cienfueguero confía en que sobre los asesinos caerá todo el peso de la ley.

* Texto publicado con el título original «Nunca gasté tanto aire de los pulmones llamando a mi niña…», en el periódico Cinco de Septiembre, de Cienfuegos.