Por Normando Hernández, fundador y director general del ICLEP
Hoy, mientras Estados Unidos celebra 250 años de vida como nación libre, escribo estas líneas con una emoción que no puedo ni quiero disimular. Como cubano, como periodista y como alguien que ha dedicado más de la mitad de su vida a defender la libertad en mi país, este aniversario me toca de una manera profundamente personal.
Hace dos siglos y medio, un grupo de hombres se atrevió a poner por escrito una idea que todavía hoy resulta revolucionaria para millones de personas en el mundo: que el poder emana del pueblo, que los ciudadanos tienen derecho a expresar sus ideas y que ningún gobierno debe tener la autoridad de silenciar la voz de una nación. Aquella idea, nacida de la Ilustración y forjada en la lucha, se convirtió en uno de los pilares de la democracia moderna y en una referencia universal para quienes creen en la libertad.
Confieso que no puedo celebrar este aniversario sin pensar, al mismo tiempo, en Cuba. En esa Cuba donde las cuatro publicaciones comunitarias que impulsamos desde el ICLEP se producen bajo el riesgo permanente de la censura, la vigilancia y la persecución gubernamental. En esa Cuba donde, mientras aquí se conmemora la independencia, el régimen despliega operativos represivos contra periodistas independientes y activistas para impedirles asistir a la celebración del 250 aniversario de Estados Unidos en la residencia del embajador de esta gran nación en La Habana.
Pienso también en los presos políticos cubanos: en quienes permanecen encarcelados por manifestarse pacíficamente, por reclamar derechos, por pensar distinto, por negarse a repetir como dogma la ideología socialista y comunista impuesta por la dictadura. Pienso en sus familias, en las madres que esperan, en los hijos que crecen sin sus padres, en los hogares marcados por el castigo político. Ellos son la prueba más dolorosa de que en Cuba la libertad sigue siendo una deuda pendiente.
La ironía no podría ser más dolorosa: mientras un pueblo celebra el derecho a disentir que heredó de sus fundadores, el mío todavía espera que ese derecho elemental le sea reconocido. Mientras aquí la libertad es motivo de orgullo nacional, en Cuba sigue siendo una causa perseguida, vigilada, castigada, encarcelada.
Y, sin embargo, no escribo desde la amargura, sino desde la esperanza. Durante años he trabajado junto a un equipo extraordinario en el ICLEP y en el Observatorio Cubano de Libertad de Expresión, documentando violaciones, dando voz a periodistas silenciados y sosteniendo una convicción irrenunciable: la libertad de prensa no es un privilegio occidental, sino un derecho humano universal. Es tan legítima en Washington como en La Habana, en Camagüey como en Filadelfia, en cualquier rincón donde un ciudadano se atreva a contar la verdad frente al poder.
Los valores que hoy celebra Estados Unidos —la libertad de conciencia, la dignidad de cada individuo, la rendición de cuentas del poder ante el pueblo y el derecho a decir lo que se piensa sin miedo— no pertenecen en exclusiva a ningún país. Son patrimonio moral de la humanidad. Son semillas que, tarde o temprano, también germinarán en suelo cubano.
Yo, como nuestro Apóstol José Martí, también quiero que la primera ley de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. Esa aspiración, que Martí dejó sembrada como fundamento moral de la nación, sigue siendo hoy una deuda pendiente con Cuba y una causa viva para quienes, dentro y fuera de la isla, defendemos el derecho a pensar, expresarse, informar y participar libremente en la vida pública sin miedo a la cárcel, la censura o el destierro.
Sueño con el día en que mi país pueda celebrar su verdadera independencia, no como una fecha vaciada de contenido en el calendario oficial de la dictadura, sino como el nacimiento genuino de una nación libre: con prensa libre, instituciones libres y ciudadanos libres. Una Cuba donde disentir no sea un delito, informar no sea un riesgo, manifestarse pacíficamente no conduzca a la prisión y pensar diferente no signifique vivir bajo amenaza, vigilancia, cárcel o destierro.
Feliz 250 aniversario, Estados Unidos. Que la llama que encendieron sus padres fundadores continúe iluminando no solo a esta gran nación, sino también el camino de todos los cubanos que seguimos resistiendo por lo mismo que ustedes celebran hoy: la libertad.