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Los misterios de la profanación de tumbas en el cementerio artemiseño

Foto de Marek Studzinski en Unsplash

Por el periodista ciudadano Yoandris Suárez Arzola

Feb 28, 2024 | 10:30 AM


Después del siglo XVII quedó claro en el planeta, según la historia del conocimiento humano, que nada ocurre si algo no lo provoca. La generación espontánea de sucesos es más cosa del proceder humano que del más allá; y esto sucede con el camposanto de la ciudad.

Pese a estos saberes, y a estas alturas del campeonato, la profanación de tumbas en el cementerio artemiseño contempla un halo de habladurías populares, que en no pocas ocasiones erizan los pelos del ciudadano más crédulo de la comarca. Los muertos deudores en vida, almas en pena que vagan sin descanso por el inframundo, cuyos huesos desaparecen de los sepulcros locales, es sólo un mito.

Una mala ficción que al régimen le ajusta para solapar su habitual incompetencia. Este oscurantismo fue puesto a prueba en la mesa de los lectores a raíz de la denuncia ciudadana publicada en la edición anterior: guardias de seguridad de reciente incorporación a los cuidados del cementerio pedían un mínimo de condiciones para el buen desempeño de su labor.

¿Si usted no cuida algo cómo ese algo se puede conservar? Es fácil el teorema: los restos humanos desaparecen del camposanto porque es difícil estabilizar el cuerpo de celadores, debido a las pésimas condiciones de trabajo.

En otras palabras, la necrópolis artemiseña ha estado al garete durante mucho tiempo; y en periodos de crisis, como la que sufre la Isla, proliferan las prácticas de sanitaria que incluyen restos humanos, con énfasis en los huesos de la cabeza.

Pero, a qué se refería en concreto la petición de los guardias de seguridad. Reclamaban cosas elementales como algo de luz en predios del camposanto, totalmente a oscuras, y una garita para protegerse de la intemperie cuando no se está de recorrido.

Apenas unos días de labor y estos héroes locales, que se habían saltado el temor presente en la ciudad sobre el origen de las desapariciones, debieron soportar lloviznas, viento y sereno. ¿Quién quiere trabajar bajo estas condiciones? Por tanto, el halo de misterio que envuelve a las profanaciones de tumbas en el cementerio local nada tienen de misterio, pues nada ocurre si algo no lo provoca. En este caso, el abandono del régimen.

 

Publicado originalmente en la edición 210 del medio de comunicación comunitario del ICLEP, El Majadero de Artemisa

 

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