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A propósito de la solemnidad de la Santísima Trinidad. (Evangelio: Juan 3, 16 – 18)

Ilustración (Canva)

Por el Sacerdote Alberto reyes

Jun 5, 2023 | 3:00 PM


La realidad es la que es, y no siempre es como hubiésemos querido que fuera. El ser humano fue creado desde el amor y para el amor, pero el mal se hizo parte de nuestra realidad, y es ingenuo no contar con él.

Si no hubiese existido el mal, creceríamos en armonía total, dándole espontáneamente a los demás un espacio en nuestras vidas, o sea, reproduciríamos en nosotros la relación trinitaria, la armonía que nace de la comunión continua entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Pero el mal ocurrió, y engendró en cada ser humano un espíritu de egoísmo, de priorización de sí mismo. El mal hizo que dejáramos de mirar a los ojos del otro para mirarnos el propio ombligo.

Y esto significa que cada ser humano necesita ahora hacer el proceso de reconocerse criatura de la Trinidad, aprender a alzar la mirada y a tener en cuenta al otro. El amor, que fue ofrecido como un don espontáneo, necesita ahora ser aprendido.

Y hay un modo relativamente sencillo de aprenderlo y de ejercitarlo: facilitarle la vida al otro.

En nuestra relación con los demás, empezando por la familia, podemos pasar el día facilitando o haciendo más difícil la vida del otro.

Es verdad que cuesta mucho “cortar” lo que estamos haciendo para sumarnos a un evento comunitario como puede ser, simplemente, sentarnos a la mesa. Facilitar es aprender a ser quirúrgicos con nuestros intereses. Dificultar es asumir el estilo del “ya voy”, “dame un minuto”, “enseguida llego”…

Es verdad que el tiempo es un don precioso y escaso, y que limpiar, organizar, recoger… se nos hace cuesta arriba. Facilitar significa comprender que lo que no recojamos y organicemos nosotros es un trabajo que otro tendrá que asumir, otro al que tampoco le sobra el tiempo.

Es verdad que, aunque sabemos que los accidentes son parte de la vida, no podemos evitar el disgusto de lo que por accidente (más o menos evitable) se rompió o se dañó. Facilitar la vida es llamar la atención sin problematizar los problemas. Dificultarla es hacer de cada acontecimiento no previsto un huracán tropical grado 5.

Es verdad que ya tenemos bastante con nuestros propios problemas y nuestras propias necesidades. Facilitar es, en la medida de lo posible, dar un espacio a los problemas y a las necesidades de los demás en nuestra apretada agenda.

Es verdad que muchas veces nos enteraremos de los problemas de otros por casualidad, o porque alguna circunstancia hizo que nos diéramos cuenta, problemas para los cuales nadie nos ha pedido ayuda, pero nosotros sabemos que podemos hacer algo. Facilitar es ofrecerse y saber decir: “yo puedo hacer algo por ti”.

Facilitar la vida no es sólo un camino hacia la armonía, es también un signo de que el otro me importa, de que lo tengo en cuenta. Por eso, es muy bueno que cada persona aprenda a facilitar la vida de los otros, pero es igualmente importante que ayude a los demás, empezando por su familia, a asumir este espíritu como algo común, como un estilo que defina el entorno en el que se vive.

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