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Hatuey y los hatueyes de hoy

Busto de Hatuey (Flichr)

Por Carlos Cabezas

Apr 10, 2023 | 3:05 PM


Uno de los primeros hombres que bañó con su sangre la tierra cubana ante la conquista española, fue sin duda, el cacique Hatuey. Proveniente de la vecina isla de La Española (actual territorio compartido entre Haití y República Dominicana), Hatuey llegó a Cuba con el fin de concientizar a sus pacíficos pobladores del peligro tan grande que representaba para ellos, esos extranjeros de allende el mar.

La tarea fue difícil para el cacique indómito, pocos le creyeron. La geografía jugó un papel oportuno para los conquistadores españoles. La palabra de Hatuey sólo pudo ser escuchada por caciques de la región oriental del país. No era fácil escudriñar dentro de los corazones de aquellos que no experimentaron en carne propia, los sufrimientos y padecimientos que Hatuey relataba.

Pueblos y familias cautivas por soldados con armas que escupían fuego, no era un concepto a digerir por hombres pacíficos que lanzaban flechas para cazar y defenderse de otros como ellos, nada pacíficos, que incursionaban cada cierto tiempo en sus territorios.

De ahí que la misión de Hatuey no pudo desarrollarse a cabalidad, muy pocos se opusieron al colonizador y menos aún tomaron la iniciativa en la batalla. Más tarde Pánfilo de Narváez pacificó la isla, entiéndase, arrasó con quienes se le opusieron.

Los conquistadores comprendieron pronto la labor que Hatuey desarrollaba entre los suyos, en términos modernos lo hubieran calificado de ideólogo. Por ello su captura se convirtió en prioridad. Lo persiguieron, acosaron y tomaron prisionero.

Lo que sucedió es de todos sabidos, fue quemado vivo en las proximidades del río Yara. Los detalles debieron haber sido muy ricos para la historia. No obstante, fue un diálogo el que trascendió, imbricado con elementos reales y leyenda: ¿quieres ir al cielo?, preguntó un fraile al indio rebelde antes de ser quemado. Hatuey respondió con una pregunta: ¿y los españoles van al cielo?, el sacerdote afirmó. La respuesta del cacique fue lógica: si ellos van yo no quiero ir.

Nadie quiere ir en otra vida al mismo lugar de quienes le están asesinando en ésta, porque repetirían el crimen. Cualquiera de nosotros en circunstancias parecidas, hubiera respondido igual. Hatuey no rechazó la doctrina del Reino de los Cielos. Rechazó al hombre cruel que lo atormentaba y pretendía continuar siendo su verdugo por la eternidad.

Los cubanos recordamos a Hatuey por la cerveza que lleva su nombre, memoria indigna. Quizás otros, con algo de cultura, lo identifican con el poema del Cucalambé (Juan Cristóbal Nápoles y Fajardo): “Con un cocuyo en la mano y un gran tabaco en la boca, un indio desde una roca contempla el cielo cubano...”

Una pregunta válida es ¿dónde está Hatuey? En la etiqueta de una cerveza promocionada con palabras que despiertan el paladar, o en los versos del Cucalambé narrando su despedida de Guarina en medio de vocablos como: yagruma, atejes, corojos, siguarayas, palmas, y otros que, nos hacen latir de añoranza por la Isla distante.

Hatuey está en la patria, y ésta en mí y en ti. El cacique rebelde es el acicate que impide olvidar el sufrimiento colectivo de todo un pueblo, que vive bajo el mismo cielo que él contempló. La entrega desinteresada de Hatuey para que los cubanos no pasaran por lo que los suyos experimentaron, fue el gesto más bello de nuestra primera historia.

Hubo esclavos africanos que sin conocer posiblemente el mito de Hatuey tuvieron su misma impronta escapando del yugo esclavista y formando sus Palenques en el monte. Estos cimarrones eran perseguidos, golpeados con el látigo y ahorcados, pero no se rindieron.

En la Demajagua se alzaron los primeros mambises junto a esclavos recién liberados que lucharon y lo sacrificaron todo por la patria. El incendio de Bayamo fue prueba de la determinación de emancipación.

Más tarde en otra guerra se logró la independencia de España y Hatuey fue revindicado. Muchos mambises y españoles murieron, también las mujeres, niños y ancianos de la impedimenta junto a campesinos reconcentrados fuera de sus comarcas.

Hoy los conquistadores ibéricos fueron reemplazados por cubanos indignos, que a nombre de una ideología, extorsionaron las mentes de muchos, mutilaron y mutilan a los hatueyes que levantaron sus voces y manos contra la dictadura.

Conocí de hogueras dentro de los cañaverales para matar a opositores; de fusilamientos a lo largo y ancho del país; de torturas y asesinatos en las cárceles; mujeres en cámaras frías; disparos que cercenaron cuerpos o desbarataron testículos; de muertos asfixiados en una rastra sellada; de campesinos reconcentrados en el extremo occidental de la islas en los llamados pueblos cautivos, en represalia por ayudar a los alzados contra el régimen.

No se me olvidan los niños, mujeres y hombres, que murieron cuando hundieron el remolcador en que pretendían huir del país; los jóvenes de Hermanos al Rescate desintegrados por cohetes en el aire en aguas internacionales; el hostigamiento y represión en las calles contra las Damas de Blanco que marcharon por la liberación de sus familiares y lo siguen haciendo por la libertad del país sin miedo a morir sospechosamente como su líder en un hospital; los opositores pacíficos acosados y detenidos por breve tiempo después de ser golpeados y hasta uno de ellos muerto en un parque villaclareño; las muertes de presos políticos en huelgas de hambre y el asesinato del líder y un miembro del Movimiento Cristiano Liberación en un montaje falso de accidente automovilístico.

Tampoco se me olvidan muchas cosas más, pero es imposible relatarlas en unas líneas. Pero me causa un gran dolor ver mentes infantiles mutiladas repitiendo como loros el eslogan de turno bajo una pañoleta, jurando ser -quizás sin saberlo- como un hombre cruel y asesino.

Cuando creí conocerlo todo me quedaban cosas por aprender. Vi encarcelados a opositores tan pacíficos, como lo fueron nuestros indios y esclavos; periodistas que se atrevieron a pensar independientemente; a poetas que se negaron a ir al mismo cielo que el opresor; a médicos, enfermeras y personal sanitario combatiendo el ébola en África sin derecho a retornar a la isla si contraían la enfermedad, utilizados como propaganda de la tiranía.

Experimento el ser hijo de un pueblo esclavo que ante el látigo castrista se niega a desaparecer como los indios y cimarrones. Pero al agudizar mi vista, veo a traidores que complacen a la tiranía para mantener su “modus vivendi” y que ésta sobreviva aunque el pueblo quede castrado o exterminado.

Pero todos los patriotas y mártires con pupilas dilatadas por el fuego que se dispone a devorarlos, no renuncian al mito de Hatuey.

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