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Cómo ser periodista independiente en Cuba y no morir en el intento

Camila Acosta

Dec 30, 2020 | 11:00 AM


Por Camila Acosta

“Quítate la ropa”, las dos oficiales de la Seguridad del Estado me lo ordenaron luego de conducirme a una habitación apartada, en la estación policial de Infanta y Manglar. Poco antes, me habían detenido, sin orden judicial previa, en el Parque Central de La Habana. Arrinconada contra la pared, las miré fijamente: quería negarme, pero ellas estaban en clara posición ofensiva; si me negaba sería peor, me quitarían la ropa entre golpes y tirones. Comencé a desvestirme hasta quedar solamente en ropa interior. Luego de agacharme y de que revisaran minuciosamente mi ropa, pude volver a vestirme. 

Esos cinco minutos, de las casi 10 horas que permanecí detenida ese día, fueron humillantes; me sentí ultrajada, violentada, en total estado de indefensión y desamparo. Nadie sabía dónde estaba ni qué harían esta vez conmigo, el 31 de julio de 2020. 

El reportaje del Noticiero de la Televisión (NTV) de este lunes 28 de diciembre me hizo recordar ese día porque, hasta ahora, ha sido lo peor que he tenido que enfrentar desde que comenzara a trabajar como periodista independiente en CubaNet. Me hizo recordar todo lo que ha significado estar, por poco más de un año, ejerciendo esta profesión en Cuba.

No voy con este artículo a contestarle a Humberto López. Él es nada, solo el oportunista del momento; mañana ponen a cualquier otro frente a la campaña de linchamientos mediáticos del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) y López pasará al olvido, con muchas penas y nada de gloria.

No me sorprendió verme entre los blancos de ataque del NTV. Desde hace más de un mes, sobre todo después del 27 de noviembre, tiran balas hacia todos lados. Vergüenza me daría si no consideran mi trabajo. Pena me dio con mi familia, que no tiene por qué verse expuesta de esa manera, pero igualmente agradezco porque ellos me conocen, saben que no soy mercenaria, y si les quedaban dudas sobre la credibilidad e importancia de mi trabajo, con reportajes como el del NTV, se están acercando más a la verdad.

Pero ver esta sarta de manipulaciones me hizo recordar todo lo que me ha hecho llegar hasta acá. Definitivamente, el 2020 ha sido para mí un año arduo: más de cinco desalojos y alrededor de 10 mudanzas por presiones de la Seguridad del Estado a los arrendatarios; unas cinco detenciones arbitrarias e interrogatorios; una multa de 3.000 pesos por el Decreto-Ley 370, otra de 60 pesos por “receptación”; una denuncia por “evasión de presos o detenidos”, otra por “violación de domicilio” y otra por “receptación”; un teléfono celular confiscado en virtud del Decreto-Ley 370, otro devuelto con la pantalla partida y un tercero restituido igualmente inservible (luego supe que la Seguridad del Estado lo había introducido en agua). 

Todo ello ha venido acompañado con amenazas de cárcel y de citaciones, porque “estás usurpando funciones públicas”, interrogatorios e intimidaciones también a familiares y amigos. Algunos, por miedo, me han retirado la palabra, otros, con el tiempo, dejan de escribirme. Mis padres viven lejos de mí, en la Isla de la Juventud, por eso no han podido socorrerme; muchas veces me he visto en la calle, sin tener a quién llamar o recurrir, sola contra el poder. A ese estado de desamparo lleva la Seguridad del Estado a todo el que piense diferente. Nos van convirtiendo en marginados sociales.

Nada de esto lo tienen que enfrentar los periodistas del ICRT ni de ningún medio oficial. Para no generalizar, porque sé que muchos colegas de la prensa oficial enfrentan cientos de vicisitudes, voy a referirme a dos de las instituciones que conozco bien, porque trabajé en ellas: el periódico Granma y el ICRT.

Los periodistas que pertenecen a estos medios trabajan en aire acondicionado, los transportan a la mayoría de las coberturas periodísticas, les dan teléfonos “petroleros” (con saldo para llamadas e internet gratis), tablets, generalmente cuentan con buenas computadoras en sus centros de trabajo también con internet gratis e, incluso, a algunos incluso les dan viviendas. Tienen además garantías de acceso a las fuentes de información. En cambio, en la prensa independiente muchas veces rechazamos temas o reportajes por la imposibilidad de acceder a las fuentes o de corroborar las informaciones.

Cuando yo comencé a colaborar con medios como El Toque, por allá por el año 2017, tenía que ir a un parque wifi a conectarme para investigar, bajo lluvia o sol, y pagando las excesivas tarifas de ETECSA. Hasta hace poco, trabajaba con la misma laptop que usaba en mis años de estudiante en la Universidad de La Habana, que no funcionaba sin estar conectada a la corriente y a la que ya le fallaban algunas teclas.

En los últimos meses, debido a los constantes desalojos y mudanzas, me he visto escribiendo mis textos encima de la cama, con la laptop sobre las piernas, porque en algunos lugares apenas cuento con una mesa para apoyarme. He llegado a reportar incluso en lugares en peligro de derrumbe, pues la profesión nos exige llegar a esas zonas a las que no entran los colegas de la prensa oficial, ahí donde las historias nos llaman.

El periodismo independiente en Cuba cubre esos vacíos de información; muchas veces los protagonistas recurren a nosotros como forma de hacer visibles sus denuncias, porque en los canales oficiales o institucionales no les han dado respuestas a sus demandas. Y aunque nosotros tampoco les damos respuestas, saben que la visibilidad los ayuda. He tenido la satisfacción de auxiliar a más de uno. Luego de hacer públicas sus situaciones, inmediatamente se personan las autoridades competentes.

Si no fuera por la prensa independiente no se hubiese conocido el caso de las tres menores de edad aplastadas por un derrumbe en La Habana Vieja, ni del envenenamiento por plomo en una comunidad de San Miguel del Padrón, ni de las violaciones de derechos humanos a disidentes o siquiera de la existencia de presos políticos.

Ese es nuestro “delito”: serles incómodos al poder en Cuba, no haber aceptado colaborar con la Seguridad del Estado cubana, es decir, delatar acciones o iniciativas relacionadas con la prensa o la sociedad civil independiente. Ser delator en Cuba, para muchos, forma parte de la acostumbrada supervivencia, la doble moral; ser honesto, ir de frente, te convierte en un loco.

El principio de todo

Mi locura comenzó en el año 2018, cuando decidí abandonar el Canal Habana, en donde había cumplido mi servicio social. De esa época recuerdo que siempre trabajábamos con los representantes del Partido Comunista de Cuba (PCC) de La Habana; eran ellos quienes dictaban la política editorial y la mayoría de las coberturas periodísticas. De esa frustración profesional solo me salvó el periodismo independiente.

En el “reportaje” del NTV transmitido este lunes se obvia además el significado y lo que representa el periodismo independiente en Cuba. Este surgió fundamentalmente en la década de los 90 del siglo XX, y se catalogó de esa manera (independiente) para diferenciarse del periodismo oficialista, al servicio del PCC.

Obvian además que existen en Cuba leyes y decretos-leyes que criminalizan el periodismo independiente. La Ley 88, conocida como “ley mordaza”, en el año 2003 llevó a prisión a 75 disidentes, entre ellos 25 periodistas independientes, en lo que se conoce como la Primavera Negra de Cuba. En 2019, el periodista de CubaNet Roberto Jesús Quiñones Haces fue condenado a un año de privación de libertad luego de intentar reportar el juicio contra un matrimonio de pastores evangélicos en Guantánamo, que habían decidido educar a sus hijos en el hogar. Los supuestos delitos del también abogado fueron “desobediencia” y “resistencia”. Antes de eso, Quiñones, un señor de más de 60 años, fue golpeado hasta sangrar. 

La aparición de Internet propició el surgimiento y proliferación de medios alternativos o independientes. La mayoría de los que hoy trabajan en ellos son profesionales graduados de las universidades cubanas que, como yo, vieron en estos medios una alternativa para combatir la censura y enfrentar la frustración provocada por los medios oficialistas.

En julio de 2019 se impuso el Decreto-Ley 370 “Sobre la Informatización de la Sociedad en Cuba”, también conocido como “ley azote”. Entre enero y septiembre de 2020, fueron impuestas unas 32 multas en virtud de esa disposición legal, fundamentalmente a periodistas independientes, reporteros y disidentes que denuncian o reportan la realidad cubana tanto en las redes sociales como en sus medios de prensa. 

Todo esto genera un ambiente hostil y de total indefensión para los medios y periodistas independientes. A ello se suma la falta de garantías jurídicas para el ejercicio del periodismo en Cuba. Pese a que muchos confiaban en que la nueva Constitución de la República, aprobada en febrero de 2019, otorgaría personalidad jurídica a los medios y periodistas independientes, la Carta Magna cerró esa puerta. Aunque aún no existe una ley que lo complemente, en la práctica, ambos han sido criminalizados.

Que muchos respondemos a una agenda de cambio, subversiva, es cierto. ¿Y qué? Subversivo es sinónimo de revolucionario, rebelde, insurrecto. ¿Acaso los mambises no fueron subversivos? ¿O el propio Fidel Castro y los rebeldes? ¿Por qué entonces ahora es un delito ser subversivo, querer promover cambios, la libertad y la democracia en Cuba? ¿Acaso el concepto de “Revolución” de Castro no dice que se trata de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”?

Las mismas interrogantes de Humberto López las tengo yo ahora: ¿Quién le paga a él y al resto de los colegas de los medios oficiales cubanos? ¿A qué agendas políticas o ideológicas responden ellos? ¿Si tuvieran intereses diferentes a esas agendas trabajaran en esos medios? ¿Quién paga a los oficiales de la Seguridad del Estado, esa fuerza paramilitar que se ha adueñado de Cuba, para reprimir a los periodistas independientes y a los disidentes?

Si se conocen los métodos de financiamiento de los medios independientes es porque esos son datos públicos, y que responden a una política de total transparencia. En cambio, no conocemos el monto del financiamiento del ICRT ni el tipo de recursos que emplean estos medios; suponemos que son recursos públicos, provenientes del Gobierno, de los impuestos de los ciudadanos, pero de nada de eso se rinde cuentas.

CubaNet no se acercó a mí proponiéndome su agenda, fui yo quien llegó a ellos buscando cabida a inquietudes profesionales y ciudadanas. Tampoco CubaNet me ha dado acceso a “laboratorio ideológico” alguno, así que, si existe, no lo conozco.

Periodismo vs. Dictadura

El periodismo es un ejercicio público y digno. Si nuestras críticas se vuelcan contra el sistema político es porque, en primer lugar, ese sistema tiene fallas, no funciona. Y ningún gobierno, sea de derecha o de izquierda, revolucionario o contrarrevolucionario, es intocable o irreprochable. Y a la prensa corresponde ejercer de fiscalizador de ese poder.

El periodismo es una profesión como cualquier otra y el hecho de que cobremos por eso no nos hace ni mercenarios, ni traidores, ni contrarrevolucionarios, ni gusanos. Cobramos por nuestro trabajo como mismo cobra por el suyo Humberto López, siendo vocero del PCC, como mismo cobra por el suyo un médico o un mecánico. Al utilizar la remuneración económica como método de descalificación es como si alegaran que recibir un salario es algo reprochable, punible o antiético. 

La prensa independiente en Cuba ha tenido que recurrir a disímiles métodos de financiamiento, pero, sobre todo, a donaciones de organizaciones en el extranjero. Como muchos profesionales del gremio han afirmado, en ningún caso se trata de una intromisión en las agendas de esos medios independientes. Los periodistas independientes en la Isla tenemos la libertad de escribir sobre los temas que estimemos, cualquier cosa que consideremos.

Este método de financiamiento se ampara en la Declaración de los Defensores de los Derechos Humanos (Resolución 53/144 de la Asamblea General de Naciones Unidas) que, en su artículo 13, reconoce: “Toda persona tiene derecho, individual o colectivamente, a solicitar, recibir y utilizar recursos con el objeto expreso de promover y proteger, por medios pacíficos, los derechos humanos y las libertades fundamentales”.

Además, varios periodistas independientes han declarado que, cuando comenzaran proyectos como Periodismo de Barrio o El Estornudo, por ejemplo, trabajaban muchas veces sin retribución económica, solo por el deseo de hacer buen periodismo en Cuba, solo por el placer de alejarse de la censura y la falta de libertades de opinión y expresión. 

Recuerdo, de mi etapa universitaria, que Periodismo de Barrio constituía una iniciativa de estudiantes y profesores; luego se independizó y pasó a entrar en la nueva categoría de medios alternativos, una especie de diferenciación de los medios independientes tradicionales. También El Estornudo constituye un proyecto ideado y desarrollado por egresados de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, fundamentalmente. Y todos, desde sus diferentes concepciones, responden a esa necesidad de hacer periodismo, no de seguir agendas externas.

Eso es lo que no nos perdonan, que hayamos “traicionado” al PCC, a esa ideología impuesta, que hayamos decidido pensar, escribir y actuar libremente. Por eso, por nuestra osadía, sobre nosotros ha pesado la represión constante de la policía política. Y, es debido a ese hostigamiento, que muchos colegas y medios trabajan hoy fuera de las fronteras nacionales. 

Si el periodismo independiente en Cuba constituye  un “delito” es porque, en primer lugar, existen leyes injustas que lo criminalizan. Por tanto, criminalizar el periodismo independiente, ya sea por sus fuentes de financiamiento o temas abordados, supone una criminalización de la libertad de prensa y expresión.

Pero, ¿por qué no habla Humberto López y los defensores del régimen cubano de los millones de dólares que recibió Fidel Castro de la Unión Soviética durante 30 años, que le sirvieron al dictador para afianzarse en el poder y reprimir a miles de cubanos? O de las guerrillas y guerras que el Gobierno cubano formó y financió tanto en Latinoamérica como en África. O de sus vínculos con el narcotráfico. O del apoyo y financiamiento a dictaduras como la de Nicaragua y Venezuela, a donde ha enviado además a miles de militares cubanos para apoyar y sostener el poder.

Hasta ahora, esas campañas de descrédito se han centrado en llamarnos, sin pruebas reales, mercenarios al servicio de un gobierno extranjero, pero no he visto que desmientan ni una sola de las informaciones aparecidas en la prensa independiente. Muchos de los proyectos del Gobierno, por ejemplo, los hoteles o el CENESEX, reciben financiamiento tanto de países como de organizaciones extranjeras, y no por eso son mercenarios. 

El oficialismo cubano se ha enfocado tanto en mancillar la credibilidad de esos medios y periodistas independientes que pierde todo argumento al dejar a un lado la tolerancia, el debate respetuoso y el derecho a réplica. 

Solo podrían competir con la prensa independiente si hicieran realmente periodismo, si respetaran la ética profesional, los hechos, la verdad. Si Humberto López fuera realmente periodista, entrevistara a esos colegas de la prensa independiente a los que se ha dedicado a denigrar sin prueba alguna. Pero no confío en la credibilidad de López ni del NTV ni de Granma. El respeto no se impone, se gana. 

Resalta además que un “reportaje” sobre la prensa no cuente con ningún testimonio de periodistas. Todos los fragmentos utilizados, tanto de interrogatorios como de declaraciones públicas de los colegas agredidos, están sacados de contexto. En mi caso fue una entrevista que concediera a Periodismo de Barrio sobre la manifestación del 27 de noviembre de 2020, conocida como la “Revolución de los Aplausos”. 

Recordé también en ese momento, el del NTV, que también el 31 de julio, el mismo día que me desnudaron en la estación policial, grabaron, sin mi consentimiento, todo el proceso de interrogatorio. Cuando me percaté de eso, me negué a seguir dando declaraciones, a responder sus preguntas; sabía que todo lo que dijera podía ser utilizado en mi contra, incluso públicamente. En ese sentido, debemos escuchar los consejos de aquellos que más años llevan enfrentando a la Seguridad del Estado: no hables, no digas nada. Por eso pasé la mayor parte del tiempo en silencio, por eso ahora no pudieron utilizar ese interrogatorio para atacarme; por eso, cuando me preguntaron a qué me dedicaba, dije que era ama de casa, de esa manera les derrumbé su discurso de mercenarismo y usurpación de funciones públicas. 

No se trata de mentir, sino de no formar parte de su juego. Esas mismas grabaciones de interrogatorios luego son utilizadas por voceros como Humberto López para atacarnos y justificar o defender esas y otras bajezas. 

Hacer periodismo hoy en Cuba, fuera de los controles oficiales, constituye un ejercicio de alto riesgo. Yo incluso he tenido que apagar mi teléfono celular para evitar el acecho de la Seguridad del Estado y los desalojos. Me he tenido que mudar de madrugada para así evitar ser seguida. He tenido que aprender a lidiar con la presión y el estrés de vivir en dictadura sin formar parte de ese hipócrita sistema. Por ejemplo, cuando salgo a la calle, lo hago con poco dinero porque ya en una ocasión, al arrestarme, me confiscaron (robaron) 160 CUC; también trato de tener el teléfono al alcance de la mano para, en caso de detención, poder avisar a tiempo.

¿Por qué, pese a eso, sigo en Cuba haciendo periodismo? Porque es lo que me alimenta el espíritu. Lo que muchos llaman valentía para mí es un acto de supervivencia: no sabría vivir de otro modo que no fuera haciendo periodismo de oposición, el verdadero y único periodismo posible. El periodismo, como el arte, debe ser incómodo. El resto es complacencia. 

Por eso no me voy de Cuba, porque acá están las historias que quiero contar, porque acá, desde el lado del periodismo de la verdad, es donde soy más útil y “el deber está ahí, donde se es más útil”, dijo José Martí.

En Cuba, sí, existen medios y periodistas independientes, porque no dependen de ideologías ni de partidos políticos ni de gobiernos. Dependen solo de la verdad. Y la verdad, en dictadura, nunca es relativa.

En 2021 y los años por venir podrán volver a desnudarme para requisar mi cuerpo y pertenencias. La próxima vez no bajaré la mirada. No tengo nada de qué avergonzarme. 

A ellos, a Humberto López, a Raúl Castro, a Díaz-Canel y a los represores, la historia ya ha comenzado a condenarlos.

Cortesía Cubanet

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