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La cosecha del odio

Alfredo Cepero / Director de La Nueva Nación

Jan 15, 2021 | 3:45 AM


Por Alfredo Cepero

El vandalismo y la destrucción perpetrados el día 6 de enero por turbas enardecidas en el Capitolio de Washington no pueden ser tolerados en la nación que fue la primera y sigue siendo la mayor democracia del mundo. Como conservador y partidario de Donald Trump condeno enérgicamente el terrorismo venga de donde venga y sea efectuado por quien sea. Eso es lo que nos distingue a nosotros de una izquierda vitriólica y un periodismo parcializado que condena el menor desliz de la derecha mientras cierra los ojos ante el terrorismo de la izquierda. Nosotros tenemos principios, ellos tienen objetivos que alcanzan sin pudor ni vergüenza porque, para esta gentuza, "el fin justifica los medios".

Pero los desórdenes del pasado 6 de enero no se produjeron por generación espontánea. Fueron infiltrados y liderados por los terroristas de Antifa y de Black Lives Matter. Según un agente del FBI destacado en los terrenos del Capitolio un ómnibus lleno de miembros de Antifa se unió a la manifestación de los partidarios de Trump. Esto es confirmado por la presencia de personas vestidas de negro, portando cascos protectores en la cabeza y mochilas en la espalda.  Este no es el atuendo de personas que desean participar en una manifestación pacífica. No sería exagerado decir que, esta vez, los enemigos de Donald Trump le dieron un "jaque mate".

Fueron además la consecuencia inescapable de la tortura y el ensañamiento a que ha sido sometido el Presidente Trump desde el principio de su período de gobierno. Tan temprano como el cinco de enero de 2017 el sinuoso y malévolo Barack Obama se reunió en la Casa Blanca con un puñado de sus apandillados− incluyendo a su corrupto vicepresidente Biden− para dar comienzo a la resistencia sucia contra Donald Trump. Una transición dominada por la venganza y muy diferente a la pacífica que ellos piden ahora para el fantasma del sótano que nos han impuesto por la intimidación y por la trampa.

En estos cuatro años alucinantes Trump ha sido acusado de ser un instrumento de Vladimir Putin, sometido a dos juicios políticos e investigado durante más de tres años por una comisión presidida por Robert Mueller. Una comisión que fue integrada por docenas de abogados partidarios de Hillary Clinton y agentes del FBI de James Comie con un costo de 30 millones de dólares de los contribuyentes americanos. Al final Donald Trump fue totalmente exonerado de todos sus cargos. En un artículo titulado: "Trump solo contra el mundo", escrito el 21 de octubre del año pasado, afirmé: "Es inconcebible que después de una investigación de tres años y una exoneración por parte de Robert Mueller, todavía estos bolcheviques acusen a Trump de ser un instrumento de Putin"

Aliados de esos bolcheviques son los miembros de la prensa complaciente con la izquierda fanática. Los desórdenes de este 6 de enero fueron transmitidos profusamente y condenado con adjetivos virulentos por la gran prensa del país. Para no quedarse atrás, Twitter tuvo la osadía de cerrar indefinidamente la cuenta del Presidente de los Estados Unidos. En chocante contraste, esta prensa podrida ignoró en gran medida los desafueros de los terroristas financiados por los Soros, los Bezos, los Bloomberg y los Gates.
Entre ellos, el incendio de la Iglesia Episcopal de St John, a unos pasos de la Casa Blanca, la demolición de monumentos en memoria de los padres de la patria americana, la creación de las llamadas "zonas autónomas" en Portland y Seattle, donde los terroristas campean por su respeto. La camarada alcaldesa de la ciudad de Washington tuvo la osadía de mandar a pintar en la calle un letrero de Black Lives Matter frente a la misma Casa Blanca. Y lo más inaudito, organizaciones noticiosas como CNN, The New York Times y The Washington Post han llegado al descaro de calificar estas marchas no sólo de pacíficas sino de justificadas.

Por otra parte, es importante que, en medio de todas esta algarabía y desorden, tengamos el coraje de identificar este terrorismo doméstico como una cosecha del odio sembrado por la izquierda que se ha apoderado del Partido Demócrata en los últimos cuatro años. Una izquierda empeñada en cambiar y hasta en destruir las instituciones democráticas que han hecho de esta nación la admiración y la envidia del mundo.

Es al mismo tiempo importante reconocer que una de las características de los seres humanos es el deseo de cambiar a sus gobernantes cada cierto período de tiempo. Porque todos sabemos que el poder absoluto por tiempo prolongado conduce inevitablemente a la tiranía.
El cambio al cual hago referencia se produce la mayor parte de las veces de dos maneras radicalmente diferente. Por el procedimiento pacífico de los votos o el estallido violento de las balas. Cuando los ciudadanos pierden confianza en los votos recurren casi siempre a las balas. Este es el tiro de gracia de la democracia y el final de la convivencia civilizada. En este momento, 74 millones o quizás hasta 80 millones de americanos, si tomamos en cuenta los votos robados a Trump y adjudicados a Biden, han perdido la confianza en los procesos electorales. Ha llegado la hora de que nuestros políticos se pongan a trabajar y se ganen el sueldo.

Resulta inaplazable la creación de una ley electoral justa, equilibrada y transparente que sea aplicada por igual a todos los ciudadanos de este país. Estoy seguro de que la mayoría de los miembros de ambos partidos participarían en su redacción y le darían su aprobación. La minoría de forajidos que perpetró el fraude de las últimas elecciones no tendría otra opción que aceptarla o ser excluidos del proceso político.

Aunque no presumo de ser un experto en asuntos electorales, me considero con el derecho ciudadano de ofrecer algunas ideas sobre un proyecto de ley que devuelva la paz a esta sociedad convulsionada por el odio. Yo empezaría por crear una tarjeta de identificación para todos los ciudadanos que pretendan ejercer y tengan derecho al voto en los Estados Unidos. Limitaría a un período de 24 horas la votación en todas sus formas. Eliminaría la llamada "cosecha de votos" en que activistas políticos sirven de intermediarios entre el votante y las urnas de vocación.

Además, pondría fin al llamado "voto por correo" a través de los cuales personas ficticias, muertas o residentes fuera del estado ejercen ilegalmente un derecho que no les pertenece. Y finalmente, pondría estrictas condiciones a las llamadas "boletas ausentes" de personas discapacitadas cuyas dolencias les impiden asistir a los colegios electorales. Como diría Manolito, el borracho de mi pueblo, "se acabó el relajo".

Concluyo estas notas regresando a Donald Trump. En estos días he contemplado con una considerable dosis de asco la euforia de los enemigos del presidente en ambos partidos y en la prensa desprestigiada de la izquierda. Les auguro que la alegría les va durar muy poco tiempo. En uno de mis artículos califiqué a Trump de "El guerrero que nunca se rinde". Por eso estoy convencido de que ya comenzó a organizar sus campañas políticas de 2022 y 2024.  

Vaticino que en 2022 el "trumpismo republicano"−porque el republicano tradicional ya dejó de existir− ganará la mayoría de los escaños en la Cámara de Representantes y en el Senado. Y en 2024, Donald Trump ganará la presidencia si aspira al cargo. Y si no aspira, el candidato que él apoye será el postulado por el partido. Porque no hay político en este país que cuente con el apoyo de millones de partidarios incondicionales. Estoy convencido de que ni su líder los abandonara ni ellos dejarán de seguirlo.
Como para que no quepan dudas del camino que ha de tomar, días antes de concluir su mandato, Donald Trump declaró: "Siempre he dicho que continuaré la lucha para asegurar de que sean contados solamente los votos legales". Y concluyó diciendo: "Aunque esto representa el final del primer período más grande de nuestra historia presidencial, es solamente el comienzo de nuestra lucha por "hacer grande de nuevo a nuestra América".

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