En Sancti Spíritus hay una imagen que ya casi no sorprende, y quizás eso sea lo más triste: ancianos deambulando solos por el parque, el bulevar o alrededor de los contenedores de basura. Viejitos con la ropa sucia, desorientados, hablando solos o pidiendo un pan. A pocos metros, hombres y mujeres jóvenes con problemas de salud mental viven también en la calle, descalzos, durmiendo en portales o caminando sin rumbo, sin que parezca existir un lugar dispuesto a acogerlos.
Son personas que han quedado al margen. Algunos fueron maestros, obreros, campesinos. Trabajaron durante décadas y hoy enfrentan la vejez o la enfermedad sin una red familiar capaz de sostenerlos. En muchos casos, sus familiares emigraron; en otros, simplemente no tienen recursos para hacerse cargo de alguien más cuando apenas consiguen sobrevivir ellos mismos.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién se ocupa de quienes no tienen a nadie?
Los hogares de ancianos enfrentan sus propias limitaciones. Los servicios de Salud Mental tampoco escapan a la falta de medicamentos, recursos y condiciones adecuadas. Mientras tanto, personas vulnerables terminan pasando sus días en las calles, expuestas al sol, al hambre, a la enfermedad y a la indiferencia.
Frente a esa realidad, muchas veces han sido las iglesias, tanto evangélicas como católicas, y vecinos que actúan por iniciativa propia quienes han intentado llenar ese vacío. Un plato de comida, un pan, una botella de agua o simplemente sentarse a conversar pueden convertirse en la única muestra de cuidado que reciben algunas de estas personas durante el día.
Lo hacen con sus propios recursos y, sobre todo, porque no pueden permanecer indiferentes ante alguien que tiene hambre.
Pero incluso esa solidaridad enfrenta obstáculos. Cuando iniciativas comunitarias destinadas a alimentar a personas vulnerables son suspendidas, la pregunta vuelve a ser inevitable: ¿qué alternativa queda para quienes ya no tienen a quién recurrir?
Suspenden los almuerzos. Prohíben la actividad. Dicen que no tienen permiso, que es ilegal, que es desorden, que hay que cumplir regulaciones sanitarias. Le ponen trabas a la caridad. En vez de apoyar a quien alimenta, lo persiguen. En vez de asumir su responsabilidad, impide que otros la asuman.
Un Estado que no puede darle una pastilla a un hipertenso, que no puede garantizar un plato de arroz en un asilo, debería al menos tener la decencia de no estorbar a quien sí lo hace. Pero no. Aquí se controla hasta la solidaridad. Si la ayuda no viene con el sello oficial, no vale. Y mientras se discute el sello, el anciano sigue con hambre en el portal.
Sancti Spíritus se está llenando de gente invisible. Gente que no sale en el noticiero, que no está en los planes de la Asamblea, que no cuenta para las estadísticas. Enfermos mentales que necesitan tratamiento y no represión, ancianos que necesitan un techo y no un discurso.
No pedimos lujo. Pedimos humanidad. Que si no los van a recoger, al menos dejen que otros les den un plato de sopa caliente. Que no criminalicen la compasión.
Porque una ciudad se mide por cómo trata a sus más débiles. Y hoy, al ver a esos ancianos deambulando sin rumbo y a esos enfermos durmiendo en el suelo, lo que se ve es una ciudad abandonada por todos, empezando por quienes más obligación tienen de protegerlos.
Publicado originalmente en la edición 234 del medio de comunicación comunitario del ICLEP, El Espirituano.