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El fracaso del socialismo es el resultado de su propia naturaleza

Foto de Matthias Oben en Pexels

Por el periodista ciudadano Rubén Batista

Feb 15, 2026 | 9:00 AM


Durante décadas, el régimen cubano ha utilizado el bloqueo económico como la justificación perfecta para encubrir su fracaso, una explicación absurda, pues si ha fracasado es por su propia naturaleza y por los errores acumulados a lo largo del tiempo. Culpar a otros de los errores propios siempre ha sido una excusa eficaz para evadir responsabilidades, tanto a nivel personal como en el ámbito político.

Uno de los primeros y más graves errores cometidos por el sistema político cubano fue la eliminación de la propiedad privada, al arrebatar a sus dueños legítimos sus bienes. Este proceso, desarrollado a través de la llamada nacionalización y la expropiación forzosa sin indemnización, aniquiló el derecho a la propiedad y puso fin al capital privado. Así se inició un modelo sin empresarios ni emprendedores, en el que un aparato burocrático fue asumiendo progresivamente el control del país, alejado de los procesos productivos reales.

Estos burócratas, concebidos —al menos en teoría— para resolver los problemas, no han logrado hacerlo. Y no resulta extraño: desde el momento en que los problemas se solucionan, la burocracia pierde su razón de ser. De ahí que, en buena medida, aún sobreviva. La Revolución de 1959 no resolvió las deficiencias estructurales de la economía cubana; por el contrario, el creciente control del Estado sobre los procesos económicos terminó por aniquilar, estancar y frustrar cualquier intento de desarrollo sostenible, debido al uso ineficiente e irracional de los recursos.

La experiencia demuestra que el político rara vez es un buen economista. Aunque política y economía mantienen vínculos evidentes, ambas se rigen por lógicas distintas. Cuando el poder y el control económico quedan concentrados en manos de la clase política, el resultado suele ser un error de consecuencias graves, ya que quienes ejercen el poder difícilmente realizan análisis objetivos y ajustados a la realidad de los procesos productivos.

Basta observar cómo el régimen cubano dedica buena parte de su tiempo a reuniones internas, evaluando supuestos aciertos y desaciertos en materia económica y formulando propuestas que, en la práctica, han derivado en reiterados fracasos. La razón es clara: en las economías capitalistas, los procesos productivos están liderados por empresarios; en el socialismo cubano, por burócratas sin formación ni experiencia real en la gestión económica.

Cuando el Estado centraliza y dirige todo, como un hombre orquesta, ningún proceso funciona. El empresario produce para el mercado con el fin de satisfacer necesidades y, a través de ese proceso, se establecen los precios y se posibilita el cálculo económico. El socialismo, por su parte, apelando a la justicia social, pretende organizar la sociedad y los procesos desde arriba mediante la planificación, pero fracasa al limitar el mercado e impedir el cálculo económico, elemento indispensable para una planificación eficaz y un uso racional de los recursos.

La naturaleza del socialismo lo conduce también al fracaso en el terreno político. El establecimiento de un control totalitario del poder por parte del Estado mutila los derechos y garantías de los ciudadanos, diluyendo la individualidad en una masa homogénea y gobernable, carente de criterio propio. Esta estrategia puede sostenerse durante un tiempo, pero cuando el contexto económico se deteriora, esa misma masa comienza a cuestionar su condición y la legitimidad del poder político.

El intento de politizar todos los procesos constituye un error de consecuencias fatales. Aunque la política es, en buena medida, expresión de la economía, resulta imposible reducir los procesos económicos a simples decisiones políticas sin provocar un fracaso sistemático. La experiencia histórica ofrece abundantes ejemplos de ello.

En síntesis, el socialismo ha demostrado ser un error intelectual que no logra funcionar en la práctica social, al subordinar la lógica económica a esquemas ideológicos que ignoran la realidad productiva y las dinámicas del mercado.

Publicado originalmente en la edición 218 del medio de comunicación comunitario del ICLEP, El Espirituano.


 

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